
Como afirma William Bolcom, “Nueva York, donde las luces brillan” ha representado un lugar de oportunidad y nuevos comienzos para muchos. La mezcla de artistas y la variedad de estilos musicales que uno podía encontrar simultáneamente en esta ciudad resulta asombrosa. Tanto Serguéi Rachmaninov como Béla Bartók pasaron la última parte de su vida en esta metrópolis, aferrándose a su propio estilo distintivo de composición, evocador de sus orígenes.
Más allá de estos maestros europeos, Nueva York también acogió el talento local que daría forma a la música clásica estadounidense, como Aaron Copland, cuyas composiciones reflejaban la esencia del paisaje norteamericano, y Sigmund Romberg, quien fusionó la opereta y Broadway con una sensibilidad profundamente melódica. Las salas de conciertos, teatros de ópera y estudios de grabación de la ciudad ofrecieron un entorno dinámico para la experimentación y la colaboración, mientras que sus conservatorios formaron a generaciones de músicos y sus orquestas de primer nivel dieron vida tanto a obras maestras clásicas como a obras contemporáneas. En conjunto, estas instituciones hicieron de Nueva York no solo un refugio para los compositores recién llegados sino también un centro en el que surgió una identidad estadounidense en la música clásica.
1.30 h (c/i)