
Caminar por París es absorber la creatividad de la ciudad con todos los sentidos: el destello de la luz sobre el Sena, el murmullo de las conversaciones en sus cafés, la grandeza de Notre Dame o los teatros de ópera y las salas de conciertos. Su rica vida artística ha moldeado la evolución de muchos estilos y compositores influyentes.
Gabriel Fauré, quien estudió en el Conservatorio de París y con el tiempo se hizo profesor y director de dicha institución, empleó un lenguaje armónico exuberante y cromático que influyó profundamente en sus alumnos y ayudó a allanar el camino hacia el Impresionismo musical, un movimiento que, al igual que el arte de Monet y Renoir, buscaba capturar el color y la atmósfera más que la forma rígida. César Franck, figura central de la tradición romántica, aportó calidez y profundidad espiritual a la música parisina, mientras que Francis Poulenc, miembro de Les Six, la impregnó de modernidad, encanto y agudeza.
París también acogió el genio de maestros visitantes como Giuseppe Verdi, cuyas óperas encontraron un público entusiasta en los grandes teatros de la ciudad, y la brillantez excéntrica y original de Erik Satie. A través de sus prestigiosas instituciones, sus compositores y su espíritu de innovación, París se convirtió – y lo sigue siendo – en uno de los grandes centros mundiales de la música clásica: una sinfonía viva en la que la tradición y la imaginación se encuentran en una armonía atemporal.
1.30 h (c/i)